dijous, 13 de desembre de 2012

Rodeada de agua.

Y poco a poco vuelvo a sentirme tranquila, vuelvo a sentirme calmada, mansa como está el agua en esta época del año. El otro día fui a dar un paseo por la playa. Me encanta ir a verla ahora, cuando la gente no la quiere, cuando puedes escuchar sus olas sin el estridente ruido de la gente, cuando puedes oír su latido y dejarte llevar por él, en silencio, porque no hay nada que decir, muchas veces no lo hay y siempre queremos hablaryhablaryhablar para no escuchar aquello que habla en silencio.

Ahora ya no quiero hablaryhablar. No. Ahora quiero escuchar. Escuchar el mar, escuchar a los pájaros, escuchar a las montañas. Escucharme a mí, en silencio, y escucharle a él, en silencio. Porque estoy aprendiendo que la comunicación existe más con los labios cerrados que con la lengua en movimiento. Hablar sin hablar. Hablar sin articular sonido. Hablar con esa otra parte de nosotros que está pero que no está, que no se ve pero que, si la buscas, aparece de repente golpeando tu reflejo en cualquier escaparate de la ciudad.

El otro día, frente a la playa, sentí que cada vez volvía a ser más agua. Pocoapoco. Voy apartándome del caluroso fuego y la pureza del mar vuelve a impregnarse en mi piel. Pero quiero que sea despacio, las metamorfosis siempre funcionan mejor si se hacen de un modo progresivo, la brusquedad nunca ha ido conmigo, El agua y yo haremos las paces así, sin prisas, de un modo dulce, calmado, como si fuéramos música o sexo o un beso perdido en el aire.

Por el momento, noto cómo mis dedos van tocando agua y más agua y están envidiosos del agua que tocan y quieren ser ellos también agua. "Despacio", les digo antes de ir a dormir. Pero creo que no quieren ir despacio y cada día me levanto con las manos más suaves, con el pelo más largo y con los pies más planos. Creo que dentro de poco me saldrá la cola de sirena. Y esta velocidad tan veloz es por el agua que me envuelve, un agua tan pura, tan fresca y tan bella a la que soy incapaz de resistirme.

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