dimecres, 26 de gener de 2011

Momentos de revolución


Cogí la sierra de tu padre. La sierra con la que talaba madera en invierno. La sierra a la que tú tanto habías temido de niña. Te asustó verme con la sierra en las manos. Entendí tu miedo, yo también lo tenía. Me acerqué al banquero. Lo miré. No sentí nada al mirarlo. Ni pena. Ni rabia. Absolutamente nada. Encendí la sierra mecánica y tú te fuiste corriendo. Durante más de media hora estuve descuartizando al banquero.

Me fui a la cocina, a buscarte. Y te encontré de pie, mirando por la ventana, llorando y temblando, ¿Qué estamos haciendo?, me dijiste flojito, casi como si fuera un suspiro, ¿qué estamos haciendo?, Cambiar el mundo, te dije y te di un beso en la nariz.

Te acercaste al policía. Te agachaste. Acariciaste su cabello, su mejilla, su mano. Y le besaste. Con cariño. Con amor. Con respeto. Con igualdad. Lo besabas y lo tocabas, por todo el cuerpo. Acariciando todo lo que quedaba de él. Todo aquel cuerpo nuevo que tenía que volver a crecer. Y crecería con atributos nuevos. Atributos buenos. Gracias a ti. Gracias a nosotros. Seguías besándole cuando David se acercó al banquero. Te imitó. Y te superó. Tú le miraste, le sonreíste, te mojaste los labios y también lo superaste.

¿Se puede saber qué hacéis?, os pregunté con la cara de noentiendonada. Tuviste una buena idea. Lo reconozco. Porque nuestro plan se había quedado como cortado. Sólo habíamos hablado de la extracción de cosas malas, del descuartizamiento de la maldad. Pero tú quisiste ayudar a que esos recién nacidos tuvieran cosas buenas. Ya desde el principio. Y me encantó esa idea. Por eso me uní a vuestro ritual, me follé al banquero, a ese tío que daba más asco que otra cosa. Entonces nos empezamos a mirar. David. Tú. Yo. Y nos movíamos. Ahora más rápido. Ahora más lento. Lamíamos el cuello. Las orejas. Los dedos de los pies. Así. Los tres. Sonriendo. Maravillados.

Hacer el amor para cambiar el mundo. Eso sólo se te podía ocurrir a ti.

divendres, 7 de gener de 2011

dicho he.


“Si yo pudiera…” dicen algunos. ¿Y qué te lo impide? Nosotros mismos nos apretamos más las cadenas y las hacemos tan evidentes que casi se pueden tocar. “Si yo pudiera…” Termina la frase. Y hazlo. Nada es tan real como tus manos. Y la vida está en nuestras manos. El ser humano no es fuerte, más bien al contrario. Pero su poder, su gran poder, su enorme poder, es que él manda sobre su vida. Y esta arma social está acallada por las grandes voces de “los de arriba” que sólo hacen que dibujarnos los grilletes que nosotros solitos nos encargamos de evidenciar. Coge tu vida y haz con ella lo que te plazca, lo que te salga de la punta de.

diumenge, 2 de gener de 2011

Materia




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A provechaba que mis padres dormían para abrir la ventana y observar el bosque, ser testigo de su soledad, sin el canto de los pájaros, sin las risas de los niños, sin el ruido de los coches. El bosque. Solía abrir el cristal, desnuda, y sentía pasar las horas dejando que el viento me abrazara.Y lograba sentirme pura, lograba oír los latidos más ocultos del ser humano, los latidos que la ropa, el dinero, el cemento, la vanidad, suelen cubrir. En aquellas noches lograba fundirme con el bosque.

Una noche oí un sonido diferente, nuevo, que volaba entre los árboles. Tuve miedo. Todas las pesadillas de cuentos infantiles me vinieron a la memoria y cerré la ventana, sinsabermuybienporqué. Me metí dentro de las sábanas, tapada hasta los ojos, y entonces comprendí.

Tantas noches contemplando el bosque, tanta comunicación sin palabras, tantos escalofríos recorriendo todas mis pecas, y yo seguía postrada en la ventana.

Entendí que el bosque se había enamorado de mí.

Así fue como, desnuda, salté por la ventana.

Iba a reunirme con mi amante.

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(Y todavía sigo perdiéndome por las ramificaciones de mi bosqueeterno,eternobosque,eterno)

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mis palabras a tus ojos