dimecres, 22 de juliol de 2009

Día en el campo.


Y verse de nuevo y ver que el tiempo se quedó de piedra mientras estaban separadas. Pero no todo el tiempo, sino una parte de él. Y así se dieron cuenta de que el tiempo puede dividirse en pedazos y podían sentir el paso de los minutos en el trabajo, el paso de los días durante el invierno, el paso de los años en el cuerpo. Pero el tiempo, otro tiempo, el tiempo que sólo les pertenece a ellas, se había quedado esperándolas bajo la sombra de un árbol. Y al reencontrarse, Lucía estaba contenta, incluso más que cuando su tiempo avanzaba entre ellas porque entonces se les escapaba, corría y ellas tras él. Y ahora había descansado, había bebido un poco de agua y las encontró en un parque comiendo pastel de chocolate y haciéndose fotos con ojos de pez. Y María pensó que qué bien ser capaces de parar el tiempo, aunque sólo sea un cachito. Y Lucía se revolcó por el césped y María la siguió, y luego jugaron con los animalitos del bosque y cantaron, y rieron y una enorme burbuja se elevó hacia el cielo y explotó convertida en confetis, caramelos de fresa y demás cosas bonitas que sólo ellas son capaces de provocar.
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dimecres, 15 de juliol de 2009

El robo.



Aquella tarde subí al autobús con mi capa de anonimato. Abrí el libro por la página zied y salí disparada de mi asiento al mundo de las palabras. Estaba en la mitad del camino hacia mi casa cuando un señor, usuario también del transporte urbano, empezó a gritar que le habían robado la nariz, ¡me han robado la nariiiiiiiz!, y se cerraron las puertas con un golpe seco que enmudeció a todos los allí presentes. Un rumor empezó a elevarse por encima de nuestras cabezas y me enteré que el conductor no dejaría entrar ni salir a nadie hasta que no apareciese el ladrón de narices. Una mujer que estaba de pie junto a la puerta empezó a quejarse de que ella tenía prisa, tenía que ir a hacer recados importantes y no podía perder el tiempo con estupideces como esa. El hombre que estaba a su lado se unió a la protesta y ambos se miraron, asintieron con la cabeza y un enorme lazo les rodeó por la cintura uniéndoles, así, en la lucha contra la pérdida de su sublime tiempo. Mientras tanto, el hombre hurtado seguía indignado y preguntaba a todo el mundo por su nariz perdida. Los bulos sobre el robo llegaron a mis oídos obligando a quitarme la capa y tomar parte en el misterio, yo he visto que una mujer le ha cogido la nariz y se la ha guardado en el bolsillo; yo he visto que la nariz se ha despegado de su cara y se ha ido volando por la ventana; pues yo he visto que blablabla. Todas las personas de la atmósfera autobusiana hablaban entre ellas dejando de lado sus libros, su música y sus pensamientos. Nos convertimos en amigos, en confesores de nuestras sospechas.

De repente, la mujer enlazada se desligó de su nuevo amigo y corrió hacia el conductor entre gritos de ¡estoy harta!, ¡no quiero esperar más!, y similares construcciones verbales nacidas de la impaciencia. Mientras se dirigía hacia el capitán de la nave, unos pequeños cuernos le crecieron de la cabeza, la piel se le cubrió de pelo negro y empezó a sacar humo por la nariz. Pero el conductor levantó su súper mano y se defendió del nuevo monstruo que antes vestía con pintalabios y perfume de Dior. Llevábamos ya más de una hora encerrados y, con el paso del tiempo, la capa con la que todos entramos al autobús fue arrinconada y así fue como conocí a la chica rubia que se llamaba Josefina, tenía veinticinco años y le encantaba patinar. Igual que a José, el chico con gafas y gorra deportista, que me contó que cada sábado se deslizaba por las calles del mar para sentir el aire en su cara. En la víctima del robo no volvimos a pensar hasta que las puertas se abrieron y el monstruo volvió a disfrazarse de mujer y bajó hacia la calle dibujando una falsa sonrisa a los extraños que nos observaban desde fuera. El pobre hombre sin nariz se había rendido. Con la nave en marcha, las capas volvieron a poseernos y los libros y la música volvieron a ser nuestro centro de atención. Pero Josefina se despidió de mi y me dio su teléfono y me dijo que un día podríamos ir a patinar y a beber un poco de aire, como José, y se rió, y le lancé un beso y se puso colorada y pensé que qué guapa que era y qué bien tener su teléfono. Estaba cerca de mi casa cuando la victima se puso en pie a la espera de su parada. El bus frenó, abrió sus puertas y entonces vi que el hombre robado sacó de su calcetín una grande y pecosa nariz, me guiñó un ojo y bajó con una sonrisa de satisfacción sobre sus labios.




mis palabras a tus ojos