diumenge, 19 d’abril de 2015

Y volver

Y volver. Volver después de poco tiempo pero volver al fin y al cabo. Solo cuando te marchas, cuando desapareces de tu mapa habitual durante un tiempo, es cuando te das cuenta de que eso sobre lo que hablaba Cortázar es palpable. Mientras el autor perseguía a su perseguidor hablaba de la relatividad del tiempo, del tiempo que se piensa, del tiempo que se vive, del tiempo que se trabaja, del tiempo que se ama. Son tan diferentes entre síes que incluso asusta. Y cuando te vas, cuando te despides temporalmente de tu yo de aquí, es cuando notas cómo ese tictac se vuelve de agua, se escurre entre tus dedos y nada tiene que ver con el otro, el que te despierta cada mañana martilleando los oídos. Absolutamente nada que ver. 



Y volver. Y volver y ver lo mucho que desaprovechas este tiempo aquí. Mientras allí te emocionabas, caminabas, aprendías, leías o, simplemente, observabas, aquí estás viendo los minutos pasar delante de un ordenador, viendo las horas morir delante de un televisor, viendo sin ver la vida mientras caminas por las calles de tu ciudad como una autómata a la que le han dado una cuerda infinita y que no sabe cuándo va a parar. 

Por eso, después de esta vuelta a casa, después de haber vivido tanto durante tan poco tiempo, después de haberme dado cuenta de la inmensa razón razón inmensa que tenía ese genio argentino, decido que aquí también quiero vivir. Quiero vivir con los ojos abiertos, la mente despierta y mis pies listos para caminar loquehagafalta. Sentir el calor, el frío, la lluvia y el barro en mi cuerpo y dejar de refugiarme tanto entre las cuatro paredes de mi casa. Viajando sin viajar, viajando por mi ciudad, viajando con la gente, tener la mente viajando para sentir que la vida va contigo de la mano. 



Y es que, si no se vive así, si no se vive viajando, viajando con los pies, con la mente, con los ojos, si no se hace así, la vida pierde un poco de color, se destiñe y se hace vieja. 

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