diumenge, 11 de gener de 2015

Tela blanca

Y eso que a veces sólo hace falta que te mires al espejo, al espejo interior, el espejo ese que tanto cuesta encontrar, para darte cuenta de qué cara tienes. Yo ayer me vi, vi mi cara, vi el color de mi piel, vi el aspecto de mis entrañas y no me reconocí. Es así de sencillo. No me reconocí. Entonces, subí un poco la mirada porque quería verlos a ellos, quería ver a mis dos ojos negros, quería ver su brillo, quería ver su intensidad, su forma, su luz. Y me encontré un trozo de tela blanca sobre ellos. Blanca porque el blanco es capaz de deslumbrar. Blanca porque el blanco es capaz de cegar. Blanca porque el blanco es el color que me vuelve loca, anonadada, algo así como drogada. Alcé mis manos hacia aquella tela blanca blanca tela que cubría mis ojos e intenté quitármela de ahí. No pude. Debería estar pegada, incrustada, con alguno de los fluídos que salen de nuestros cuerpos, sudor, lágrimas, suciedad. Estaba ahí, integrada en mi piel como si fuera una extensión de mi cara, una extensión natural de mí misma. Pero yo sabía que no lo era. Yo sabía que, debajo del blanco, estaba el negro, estaban mis dos ojos negros. Así que saqué las uñas, como una gata, como una leona, saqué unas uñas que tenía ocultas debajo de mi piel y arranqué aquel trozo blanco con arañazos, sangre y heridas que aún supuran abiertas. 

Y ahora me duele. Me duele la cara, me duelen los ojos, me duele la mirada. Me duele pero me da igual. Porque ahora puedo ver qué hay a mi alrededor. Ahora puedo entrar en mi espejo y ver que mis ojos están preparados para captarlo todo, para entenderlo todo, para aprehenderlo todo. Abiertos, listos, preparados. Pero ahora queda lo más complicado, sí, ahora queda ver, entender y aprender. Sin vendas, sin tapujos, sólo con mis ojos negros vacíos de nada y llenos de todo. 


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