dimecres, 9 de novembre de 2011

Inmersión



Me rasco los ojos y noto que tu olor aún está en mis manos. Y sonrío. Sonrío pero, al momento, congelo mi expresión y me pongo seria. Tengo que ponerme seria. No puedo sonreír. Es lo que dice la gente. Pero en el fondo, bajo la careta, bajo la superficie, lo que hago es tocarme más y más la cara para que tu olor siga llegándome y me haga sentir esta sensación de rara alegría que me hace estar así, como una niña que ha hecho una travesura muy pero que muy divertida. Hoy no quiero ser responsable, te dije anoche. Y yo ya no sé si lo fui, si no lo fui o qué se supone que es esto de ser responsable. Me apetecía reírme, abrazarte, dejarme llevar por esa palpitación que hacía días que sentía y que acallaba con cervezas, cigarros, y alguna otra cosa que conseguía hacerme perder la cabeza. Pero ayer. Ayer quería estar contigo. Y por muchas cervezas, muchos cigarros y muchas tonterías que interpusiera, el deseo estallaba en mis ojos y la atracción se convertía en la voz de la noche, de nuestra noche. ¿Qué se supone que se tiene que hacer cuando sientes que te deshaces? ¿Qué se supone que está bien y que está mal? Yo no sé qué coño significan esos dos términos. Lo único que sé, y lo sé de verdad, es que a mí, si me tocan, puedo llegar a temblar. Y ayer temblé, temblé de placer, temblé de miedo, temblé de emoción. Temblé por sentirme viva. Hoy ya vuelvo a ser responsable, te he dicho al despertar. Y nuestros cuerpos han dejado de abrazarse porque sí, porque eso no está bien, porque yo no puedo hacer eso, porque tengo que convertirme en piedra y dejar de escuchar las palpitaciones de mi cuerpo. Porque eso no está bien, niña, eso no está ¿bien?

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mis palabras a tus ojos