divendres, 23 de juliol de 2010

Entrevista



El último encuentro que tuvo Lucía en la ciudad fue con un hombre de unos setenta años que había fundado una agencia especializada en viajes insólitos. Se llamaba Andrés. Su idea de negocio había surgido por un viaje que había hecho con motivo de la boda de una de sus nietas. En ese viaje había ido a comprar a una pastelería y la dueña de la tienda le había hablado sobre la tradición pastelera de aquel lugar.
Le contó que el chocolate con el que se hacían los pasteles era un chocolate especial pues el cacao crecía en un árbol, como si fuera una manzana, una pera o una naranja. Aquellos árboles crecían sólo en una parte del mundo y los prados de ese pueblo eran los privilegiados.
Durante los siglos pasados millones de personas viajaban allí para saborear el chocolate que caía de las ramas, sin embargo, al cabo del tiempo, los turistas eran mayores que la producción de cacao por lo que en el pueblo se inventaron una mentira. Dijeron que los rayos de una tormenta habían destrozado el cultivo y que no quedaba ni un solo árbol en pie.
Cuando la gente volvió al pueblo en busca de aquel insólito fruto encontraron matojos y más matojos, nada de árboles. Poco a poco la gente fue dejando de visitar aquel pueblo.

- ¿Y qué hicieron con los árboles?
– Los escondieron durante un tiempo.
- ¿Los escondieron? ¿Dónde?
– Allá arriba entre las nubes porque el chocolate, no lo olvidemos, es un capricho de los Dioses.

Andrés, el último entrevistado por Lucía en la ciudad, había creado una agencia de viajes especializada en este tipo de aventuras, aventuras deliciosas





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