dimarts, 25 d’agost de 2009

Colores.


Para la tata


Bel no lo sabía. Vivía entre risas, cigarros y un trabajo de lunes a viernes. Bel no lo sabía, pero lo supo cuando soñó con ella. Era un sueño en blanco y negro, sin sonido, como si se tratase de una película antigua y Bel era de música y de colores, los más bonitos de todos, el verde, el azul, el amarillo, el naranja, sobretodo el naranja. Entonces Bel lo supo. Supo que tenía que ir a colorearla.

Isa la esperaba entre maletas repletas de sueños. Las dos irían a ella, a sonreírle, a amarla, a sacarle todo su brillo hasta que los ojos estallasen en las estrellas más brillantes, de esas que flotan por ahí arriba. Pero fue llegar y el olor. El olor a papeles grises, a trenes de alta velocidad, a hielo recién sacado del congelador, a sonrisa eterna de fotografía. Un olor tan tan, que a los pocos días estaban embadurnadas de gris y así el pelo de Bel se bañó de un tono grisáceo claro y el de Isa se tiñó de un tono más oscuro, sus pieles se aclararon y las de los otros se oscurecieron de un negro casi imposible. Se encerraron en una habitación blanca con camas grises y un pozo negro en su centro. Bel se acercaba a él, día tras día, invadida por aquella negrura, ya no lograba recordar el rojo de sus labios, el amarillo de la laca de sus uñas, el verde de los ojos de Isa, todo lo había sustituido el sincolor. Pero llegó el día en el que encontraron a la niña de ojos grises. Y fue verla y todo empezó a pintarse, como si una mano invisible de niño pequeño pintase en su cuaderno de dibujo luchando por no salirse de la línea. La besaron, casi se la comieron, y fueron coloreando su piel tras cada caricia de labios. Bel fue a la habitación y la manchó de pintura amarilla y rosa, tapó el pozo con una manta y abrió la ventana para que entrara la luz del día. Salió a la calle y la pintó de colores, pintó a los abuelos, pintó a los árboles, a las flores, a los coches, a las farolas, al suelo, al cielo, a las sonrisas. Lo pintó todo y el mundo nunca había estado tan bonito.


Volvieron a casa con una niña de ojos verdes y lengua roja. Bel no lo sabía. No lo sabía pero ella fue quien dibujó el arco iris en los ojos de aquella niña de pasta de hojaldre.




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1 comentari:

  1. Bel lloró al leer su historia , pensó qué era dificil que alguién plasmase en un folio de una manera tan certera lo que ella vivió en aquella odisea por el centro de Africa .
    Y llegaste tu , te bebiste su historia y la dejaste caer sobre un folio ,como sólo tú sabes hacerlo. Yo de Bel seguramente también habria llorado.

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